Como
abogada veo diariamente como la gente elude el compromiso
de decidir, me pasan la bola y yo, sutilmente, se las devuelvo,
haciéndoles entender que mi papel es puramente técnico
y que al tratarse de sus vidas, puedo asesorar y apoyar, pero
NUNCA DECIDIR.
Hace unos días llegó a mi oficina una mujer
angustiada por un problema mayúsculo, su hijo de 13
años, a quien su padre no ha reconocido, le reclamaba
este derecho y ella que había decidido nunca recurrir
al hombre, ahora quería darle a su hijo la posibilidad
de iniciar una relación con el padre biológico
que nunca había tenido. Le ofrecí que en vez
de comenzar con una demanda, que confiara en mi experiencia
como mediadora y me permitiera conversar con el hombre y ver
la posibilidad de que éste reconociera al hijo.
Ella dudó, pues aseguró que ese hombre nunca
había estado interesado en el niño y me contó
su versión de la historia. A pesar de ello insistí
en intentar la vía de la conciliación antes
de ir a una demanda y ella finalmente accedió.
Para mi grata sorpresa, el hombre en cuestión me recibió
muy bien y me manifestó estar dispuesto ha reconocer
al niño, siempre y cuando se hicieran las respectivas
pruebas de ADN, pues durante todos estos años, ese
capítulo de su vida lo había preocupado y realmente
quería saber si el hijo era de él y de ser así,
prometió hacerse cargo de sus necesidades, e iniciar
una relación paterno filial.
La petición de la prueba la hacía porque de
acuerdo a su versión de la historia, cuando él
salía con la madre del menor, ella estaba casada y
mantenía relaciones con quien entonces era su marido
y a pesar de que para ese entonces habían hecho cuentas,
contemplado ciclos, contado relaciones sexuales y demás
ejercicios, y los números apuntaban a que el padre
del niño no era el esposo, sino el amante, éste
siempre tuvo la duda de que el niño fuera de él.
También me indicó el presunto padre, que él
creía que la madre debía preparar al niño,
en el sentido de advertirle que había una posibilidad
de que él no fuera el padre. Cuando le transmití
las peticiones a mi cliente, ella me indicó vagamente
que el niño no conocía bien la historia de cómo
había sido concebido, pero que ella encontraría
la manera de hablarle.
Yo que no soy sicóloga, que fui contratada para mediar,
que ni siquiera conocía al niño y que había
visto a la madre 2 veces en mi vida, asumí que ella
que tomaría la mejor decisión en beneficio de
su hijo y tomaría precauciones, si es que decidía
contarle la historia. Para mí estaba claro que la decisión
y la responsabilidad eran de ella.
Días después, esta mujer me llamó a
la oficina para quejarse de que yo le había impuesto
una decisión equivocada que afectaba a su hijo y una
serie de reclamos más, que me negué a escuchar,
pero que incluían la devolución del dinero que
me había pagado.
Mi primer impulso fue devolverle su dinero y alejarme corriendo
de un caso que ya vaticinaba problemas, debido a la personalidad
de mi cliente, pero antes de proceder, contacté el
laboratorio en el que se harían las pruebas y constaté
que todos, incluyendo el hombre, ya se habían hecho
los exámenes de ADN y que solo restaba esperar el resultado.
En este momento le hice una carta donde le negaba la devolución
del dinero, pues el trabajo para el que había sido
contratada se había terminado exitosamente, evitándole
un largo y vergonzoso proceso a su hijo, ya que con el resultado
en mano, el hombre iría directo al Registro Civil a
reconocer al niño. Para sorpresa de todos, supe que
la prueba salió negativa, con lo cual, el que creían
era el padre, resultó no serlo, por lo que me imagino
que el próximo paso es hacerle la prueba al que otrora
fuera el esposo.
Sin embargo, lo que me preocupa es el niño, que ahora
deberá enfrentarse a una nueva prueba de ADN con otro
señor que recién entra a la película
y con las posibles afectaciones emocionales que eso pueda
ocasionarle, con lo cual me pregunto ¿si también
de esa decisión me culpará la madre?.
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